El Rincon de Alberto

jueves, 8 de octubre de 2020

Quienes manejan los hilos

 Sánchez, Roberto (8/10/2020)

Quienes manejan los hilos

Roca Editorial, Barcelona, 224 pp.

ISBN: 9788418249464

 

24 de Octubre de 2019. Ramón Santolaya, en calidad de secretario de Estado, asiste como testigo al acto de exhumación de Francisco Franco en El Valle de los Caídos. Posteriormente, desde el coche oficial, observa el vuelo que porta el féretro hasta Mingorrubio. Sin embargo, los restos del dictador nunca llegan a su destino. El helicóptero que los traslada se estrella pocos minutos después del despegue. ¿Atentado? ¿Accidente?


Está a punto de que se descubra la gran verdad, de que se desvele uno de los secretos mejor guardados de la reciente historia de España. Santolaya teme que lo puedan relacionar con los hechos y decide que es el momento de huir, de abandonar una carrera que le ha llevado hasta la fontanería de La Moncloa pasando por los servicios de inteligencia. Desde la dictadura a la democracia, más de cuarenta años siempre muy cerca del poder y la toma de decisiones.

En su viaje evoca el pasado en la Barcelona de finales de los sesenta, cuando siendo un ocioso adolescente, la casualidad hizo que empezara a trabajar como lazarillo de un ilustre norteamericano, un agregado comercial con buenos contactos en la embajada. McNamara, sin embargo, se encargaba de tejer las redes de contactos entre todos aquellos actores interesados en tener un papel destacado en la inminente transición española.

Barcelona bulle. Es un campo de minas y de pruebas. De contubernios y conspiraciones. El terreno ideal para las corruptelas, y donde las fuerzas vivas del régimen tienen patente de corso.

Ramón Santolaya, ávido lector y devoto de la radio, se verá envuelto en tramas propias de un mundo que solo creía que existía en la ficción.

Una historia sobre la amistad y los primeros amores, de crímenes y abusos en la España más negra, de traiciones y dulces venganzas.

Una ucronía donde nadie podrá demostrar que todo lo que le ocurre a Ramón Santolaya no pasó tal y como él lo cuenta.

 

Por más prodigiosa que sea muestra memoria,  es imposible conservarlo todo. Algunos hechos permanecen, otros se han convertido en aquello que con el tiempo hemos moldeado a nuestro antojo; no en la historia qué fue, sino en la que nos hemos contado. Otros simplemente se han desvanecido y,  cómo no los recordamos, nunca fueron.

 


Que el ocupante de la tumba del Valle de los Caídos sea o no Francisco Franco es la menor de las incógnitas de esta novela y si me apuráis, la menos importante.

Es solo la excusa para retrotraernos a una época, la del tardo franquismo, en la que nadie era lo que parecía ser, en la que las intrigas y las contraintrigas estaban a la orden del día, en la que quienes “estaban en la pomada” a menudo no eran ni siquiera conscientes de que lado estaban.


Muchas veces creerás qué quién tienes delante sabe algo que tú desconoces y qué el actúa con esa ventaja Es mentira en todos los casos. El también teme eso mismo de ti. Y esta es la única verdad.

 

Es también la historia de una niñez abortada, de un imberbe al que le tocó jugar con las cartas marcadas, pues como en casi todas las épocas, había alguien que decidió por él, por su bien, por su futuro, sin tener en cuenta lo peligroso de este o si el deseo del niño, de ese Ramón al que conocemos con pantalones cortos, era transitar por esa senda. La única senda que se le permitió conocer y en la que acabó moviéndose como pez en el agua.


Esta novela es la novela de una época que Roberto narra a través de los programas de radio, las radionovelas, los inolvidables programas de Elena Francis… y de las publicaciones que, por aquel entonces revolucionaban una sociedad anclada aún en un pasado demasiado gris y que subsistía como una isla en medio de la evolución de los países de su entorno.

 

Garbo había empezado a publicarse a principios de los años 50. Se distinguió enseguida por ser el nuevo catecismo de una mujer urbana, moderna, con cierto gusto para la moda y el diseño, y que se interesaba por eso cómo lo hacía por las tendencias literarias y culturales que soplaban desde Paris, Roma y Nueva York. Barcelonesas y madrileñas vieron en sus páginas una ventana abierta a esos mundos idealizados, pero su verdadera expansión popular llegó cuando sus números comenzaron a ser reclamados por quioscos de Valencia, Bilbao y Sevilla; y aún más cuando el éxito se extendió por esa España más abandonada, por qué las chicas de Cuenca, de Málaga y Ávila no sólo soñaban con la heroína luchadora y sacrificada de la radionovela,  sino que no desechaban poder mantener algún día aquel mismo estilo de vida chic que había caído en sus manos en forma de papel cuché.

 

Ramón es ese pobre Lazarillo al que sus mayores ponen bajo la protección de un hombre  que podrá proporcionarle un futuro pero que, a la larga, más que protegerle busca utilizarle, utilizarle para unos fines que Ramón no entiende, ni le importan. A él le vale con dejar ese colegio en el que no destacaba ni por su personalidad ni por su inteligencia y poder soñar con un futuro como locutor de radio, una profesión que requiere una facilidad de palabra que el protagonista solo es capaz de plasmar en largos textos.

 

Donde los demás veían a un preadolescente tímido y de capacidad intelectual justita para presentar a duras penas unas notas trimestrales que superaran la deficiencia, seguro que se escondía ese tipo de locutor con don de gentes y de simpatía arrolladora, capaz de disfrazar sus mediocridades con la insolencia de quién aspira a que no descubran su fraude y lo camufla con el juegos de cabriolas que permiten las trampas del lenguaje. De hecho, Gallar nos convenció de qué podría sacar provecho de mi habilidad para manejar las palabras a mi antojo, aunque fueras sobre un folio en vez de ante el micrófono, y hacer carrera gracias a esa virtud. Ninguno de los allí presentes alcanzábamos a sospechar cuanto. Y sin vender un solo libro.

 

Esta es la historia de un hombre inseguro, casi gris, un hombre que cumple lo que se le ordena aunque a


veces se permita pequeñas licencias en sus atribuciones profesionales y son estas libertades, las que acaban metiéndole en problemas, pero también las que suponen lo mejor de su anodina vida.

Quienes manejan los hilos es una novela ágil, una historia en la que el protagonista nos cuenta en primera persona su historia pasada desde un presente que conecta con uno de los acontecimientos más importantes y controvertidos de los últimos años, la exhumación de los restos de Franco. Una novela que a través de capítulos cortos y continuos flashbacks que se mueven adelante y atrás desde 1969 a 2019 conforman la historia que podría haber sido aunque no haya sucedido realmente. Y es que, puestos a imaginar, excepto la explosión del helicóptero, que obviamente nunca sucedió, el resto de lo narrado, podría haber sido tal y como lo cuenta el autor. No dudo de que en los años 60 y 70, hubiera transitando por las calles de Madrid y Barcelona, pero también por los pueblos de castilla,  muchos Gallar, McNamaras y muchos condes Bolaños, si no iguales si muy parecidos a esos que el autor construye en su novela.  

El autor nos habla de una época en la que los ganadores de una guerra, de la que ya habían pasado muchos años, aun campaban a sus anchas. Una época, la del tardofranquismo, en la que la “debilidad del régimen” provocaba que muchos levantaran las espadas en pos del poder que se suponía que pronto quedaría vacante para aquel que supiera ganarse el puesto, una debilidad que se convirtió en alimento de varios “nidos de víboras” y que acabó propiciando la institucionalización de las “cloacas del estado”.

 

Era la forma de operar en la época: se dictaban sentencias en juicios sumarísimos cuando los acusados no tenían derecho ni capacidad alguna de defensa. Había que dejar claro que el Régimen, con su estado de cosas, era solido,  inquebrantable,  y que  los enemigos de la seguridad pública eran apresados y ajusticiados como Dios mandaba.

 

Roberto ha conseguido contarnos una historia compacta, bien armada y bien resuelta, una trama que, a pesar de desarrollarse en una época no precisamente feliz de nuestra historia, está impregnada de esa fina ironía que el autor tan bien maneja y que me ha hecho sonreír en muchos de los pasajes de la novela.

Una novela con la que he disfrutado muchísimo, pero durante poco tiempo, porque la novela no me ha
dado tregua y apenas me ha durado dos días, asique no digo más, si queréis una historia de las que dejan un buen sabor de boca al pasar la última página y un resquicio de esperanza no dejéis de leerla.

 

https://jaraizdelavera.hoy.es/actualidad/2013-03-17/vehiculo-dona-carmen-polo-franco-1336.html




Estas cosas de los espías, estás viñetas tan peliculeras, quedan niqueladas en la ficción. En el plano real son otra cosa y no están exentas de peligro.

1 comentario:

  1. Pues sí que tiene buena pinta. Tomo buena nota de esta novela.
    Besotes!!!

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